NYFF58: The Disciple e Isabella – la reconciliación emocional con los sueños frustrados

Escrito el 7 octubre, 2020 @alessandra_kr

El cine nos ayuda a soñar. Precisamente el séptimo arte es la principal fuente de ideas guajiras y fantasías inexplicables que expanden nuestros horizontes y nos alejan de la realidad al invertir un par de horas en vidas ajenas, realidades desconocidas y posibilidades infinitas. Al respecto, me tomaría días explicar la gran influencia que el cine en general, y Hollywood en particular, ha tenido en mi vida y en la definición de objetivos y planes ambiciosos.

Son numerosas las películas que presentan la realización de los sueños ambiciosos en el mundo del entretenimiento. Películas como Billy Elliot (2000), Dolemite is my Name (2019), Late Night (2019) o The High Note (2020) nos dejan un buen sabor de boca que nos invita a seguir intentando y soñando.

En La La Land (2016), por ejemplo, es tanto el poder de los sueños de éxito de los protagonistas que prefieren renunciar al amor que se tienen, antes de que alguno ceda y deje ir sus ambiciones. En A Star is Born (cualquier versión es buen ejemplo, pero mejor enfoquémonos en la de 2018) el sueño de éxito es lo que une a Ally y Jackson, una apenas probando lo que le espera, y el otro cansado después del largo camino que tuvo que recorrer para conseguirlo.

Prácticamente Hollywood está compuesto por aquellos que no dejan de soñar, siempre haciéndonos creer que una de las increíbles historias de éxito que tanto escuchamos quizá pueda aplicarse un día a nosotros. No obstante, un tema que no es tan explorado como se debería, y más al considerar lo difícil que es destacar y triunfar en el mundo del entretenimiento, es la idea del fracaso y la reconciliación con los sueños frustrados.

No son tantas las películas que exploran la decepción y resignación de dejar ir los sueños de gloria. Un buen ejemplo puede ser Wild Rose (2019), película británica que explora como es que una cantante de música country escocesa deja ir su sueño de irse a Nashville y ser la cantante de country más reconocida del mundo. En Frances Ha (2012) la protagonista acepta que su proyecto de ser bailarina nunca sucederá, y mejor se enfoca en ser coreógrafa y administradora de la escuela de danza a la que asistió.

Asimismo, en The Rider (2017), Chloé Zhao explora con sensibilidad la vida del vaquero (Brady Jandreau) que no puede cabalgar más debido a un accidente, y que intenta encontrar su identidad y razón de seguir adelante en un mundo en el que no se halla. Aun así, quizá la película clave en este tema es Inside Llewyn Davis (2013), de los hermanos Coen, cinta en la que el cantante Llewyn Davis (Oscar Isaac) está sumido en la depresión mientras que lidia con su carrera musical después de la muerte de su compañero.

A esta lista corta ahora se unen dos películas internacionales que lidian con este punto. En Isabella, del argentino Matías Piñeiro, las protagonistas toman conscientemente la decisión de alejarse del mundo del teatro. Por su parte, en The Disciple, del indio Chaitanya Tamhane, la separación entre nuestro protagonista y el mundo de la música se presenta de manera prolongada y decepcionante. Eso sí, ambas películas presentan un proceso de reconciliación en esta ruptura.

Isabella cuenta la historia de un par de actrices – una más experimentada que la otra – que intenta conseguir el mismo papel: Isabella de la obra de William Shakespeare, Medida por medida. A través de una narración no lineal, aprendemos sobre el camino de preparación de Mariel (María Villar) para hacer una audición por este rol. Una de sus estrategias es practicar con Luciana (Agustina Muñoz), actriz veterana que está a punto de irse a Portugal a filmar una película. No obstante, pronto Luciana aparece en la misma audición, creando una nube de inseguridad y posterior decepción en Mariel.

Después de meses, Mariel y Luciana se reencuentran, solo para descubrir que ambas renunciaron a la actuación por decisión propia. Mariel dejó ir el sueño una vez que no consiguió el papel de Isabella, enfocándose mejor en sus exposiciones experimentales. Luciana, por su parte, se da cuenta en mera producción que la actuación ya no es lo suyo, renunciando y cambiando el arte por las matemáticas.

Ambas mujeres están satisfechas con sus vidas y decisiones. De hecho, precisamente esta decisión es la que las une y la que define una relación que bien pudo estar marcada por la rivalidad y la sospecha.

Por su parte, The Disciple presenta la historia de Sharad Nerulkar (Aditya Modak), un joven que ha dedicado su vida a convertirse en vocalista de la corriente musical Hundistani. Lo conocemos como discípulo de Guruji (Dr. Arun Dravid), y noche tras noche, sale en su motocicleta para escuchar las enseñanzas clásicas de la maestra Maai (Sumitra Bhave), las cuales celebran la tradición, y rechazan las nuevas corrientes y la popularidad.

Conforme pasan los años, la relación de Sharad con la música cambia, así como la que tiene consigo mismo y con la misma India. La batalla de Sharad por preservar una música que va en camino a la extinción, así como la reconciliación con la idea de que quizá nunca podrá ser el músico y vocalista que soñó, son las principales moralejas de la historia.

En este punto quizá es en donde ambas películas van por diferentes caminos. Mientras que, en Isabella, son las dos actrices las que deciden que la actuación no es su verdadera pasión, en The Disciple es la vida y la modernización del país los principales obstáculos de nuestro protagonista. Aun así, ambas películas lidian con el enfrentamiento emocional de que quizá uno no es tan especial como siempre lo pensó, y al final del día, ¿que no es esto la reflexión prioritaria con uno mismo al enfrentar los sueños frustrados?

La transición en la vida de Sharad es lenta y prosaica. Nos encontramos con él en distintas etapas de su camino. Primero lo vemos como estudiante y fiel seguidor de la música, siendo exigente consigo mismo incluso para cumplir con expectativas que sus mismos maestros nunca cumplieron. Después lo seguimos como profesor resignado que ve desde un televisor cómo es que la música india se moderniza y populariza a través de concursos occidentales de buscatalentos.

Sharad no pasa por un momento consciente de realización de que sus sueños no se cumplirán. Simplemente la vida sucede y él avanza con ella, amoldándose a sus nuevas realidades. The Disciple no presenta a un hombre enteramente triste. Más bien es a través del paso del tiempo que la audiencia puede apreciar las múltiples decepciones por las que pasa, incluyendo el hecho de que sus ídolos musicales no fueron tan puros como él creía o la aceptación de que sus planes de toda la vida no se llevarán a cabo.

Por su parte, Isabella presenta la superación de sueños. La cinta explora lo que sucede una vez que la profesión por la que has luchado constantemente te decepciona – en el caso de Mariel – o ya no te llena – en el caso de Luciana.

¿Entonces qué pasa con tu vida? ¿Cómo sigues adelante después de superar lo único que te hacía despertar cada día? Quizá suena inocente decirlo, y definitivamente mucho más sencillo que hacerlo, pero la película sugiere algo sencillo: empezar con eso nuevo que te motive y emocione. Está bien cambiar de sueños.

A pesar de que el tono de ambas películas es diferente, el realismo está latente en ambas. Aunque toman caminos distintos, llegan a la misma conclusión.

Precisamente, Isabella presenta una reflexión esclarecedora para cuestionar nuestros caminos. Mariel tiene la costumbre de arrojar rocas al mar, cada una como representación de algo que está dejando ir. Así es como deja ir el sueño de ser actriz. Avienta las piedras hasta que se queda sin ninguna, dejando su fijación atrás y empezando de cero con su nueva vida.

¿Y ustedes? ¿Qué piedra están listos para lanzar al mar?

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