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M, de Fritz Lang: una ciudad en crisis

Escrito el 21 julio, 2022 @ECinematografo
Póster original de M. Dir. Fritz Lang. Nero-Film AG. 1931.

Uno de los momentos inolvidables de Halloween (John Carpenter, 1978) sucede justo cuando el “coco” es derrotado y aún seguimos escuchamos su respiración haciendo eco en varios espacios. Esta secuencia parece inspirada en una escena particular de M, película alemana de 1931, cuando una madre grita con la esperanza de que su hija desaparecida escuche su llamado. El lamento atraviesa varios puntos de la zona residencial en la que viven hasta que se revela una pelota, sin su dueña, deslizándose desde un arbusto. Sin recurrir a la violencia, las imágenes muestran que lo peor acaba de suceder.

M, dirigida por Fritz Lang, es una película pionera para el thriller. Una obra creada en los instantes finales de una república destinada a fracasar y ser reemplazada por la Alemania Nazi, contiene mensajes importantes para un siglo XXI caracterizado por la hipervigilancia, el abuso del poder y el surgimiento de una contracultura ansiosa por negar cualquier idea de diversidad. En M, la histeria colectiva de una ciudad azotada por una sombra que secuestra a sus hijas permite que algunos gremios poderosos tomen la iniciativa de hacer justicia, aun si las fuerzas policiales están desesperadas e investigando las desapariciones.

Esta película rechaza la convención de tener un protagonista, prefiriendo que la ciudad de Berlín esté al centro con sus ciudadanos reaccionando a semejantes crímenes. Primero están las madres de las niñas desaparecidas. Cuando inicia la película, una de ellas le prohíbe a una pequeña que cante sobre el asesino. Otra mujer la calma diciéndole que prefiere escucharla jugar a no escucharla en absoluto, sin saber que su propia hija será la siguiente víctima. También están los transeúntes, quiénes vigilan nerviosamente a los menores de edad señalando injustamente como pederastas a ancianos que solo quieren informar la hora. No obstante, su preocupación es genuina. La película muestra que basta un dulce o un globo para atraer a una chiquilla inocente a una calle oscura.

El enfoque de Lang y la guionista Thea von Harbou incluye en la trama a las figuras de autoridad formales y extralegales involucradas en la búsqueda del asesino. M fue una de las primeras cintas en detallar un procedimiento policial, mostrando con detalle las acciones de la policía para cubrir el territorio donde desaparecieron las niñas y buscar cualquier huella dactilar. La policía también abusa de su poder, allanando cualquier establecimiento, lo cual molesta a las mafias de la ciudad porque sus operaciones estarán suspendidas hasta el arresto del asesino.

Peter Lorre en M. Dir. Fritz Lang. Nero-Film AG. 1931.

Una de las secuencias más llamativas de la cinta centra su atención en la policía y la mafia mientras planean cómo atrapar al asesino. El montaje se traslada de reunión en reunión, cortando en aquellos puntos donde sus conversaciones tocan temas y actitudes similares respecto a su posición de poder, pues están dispuestos a suspender las libertades de las personas en Berlín para cumplir su cometido.

La edición no es la única gracia maestra de M: su uso experimental del sonido es magistral incluso si la película pertenece a una época donde apenas se empezaba a considerar su uso como tendencia general. Aquí, el sonido no cubre las acciones cotidianas en la trama, como el tráfico y el comercio, más bien, aparece cuando es más efectivo, y se ausenta cuando el silencio es funcional para el suspenso.

Asimismo, M fue una de las primeras películas en usar un motivo musical. En este caso, la melodía de “En el salón del rey de la montaña” es silbada por el asesino cada vez que se encuentra al acecho de una niña o agobiado por el deseo de matar. Este motivo musical sería homenajeado años después por el director Steven Spielberg y el compositor John Williams en Tiburón (1975), quiénes usan una pieza musical repetitiva para anunciar la llegada del depredador.

Con respecto al asesino, Lang y von Harbou no solo utilizan el sonido para significar al asesino, incluso llegan a revelar su rostro antes de su arresto para familiarizar a la audiencia con su apariencia cotidiana. El actor Peter Lorre no tiene la cara de una persona peligrosa, inquietando y haciendo a la audiencia desconfiar de cualquier vecino o de sí mismos. Hasta el asesino intenta contorsionar su rostro para verse como el monstruo que imaginan los demás (este plano sería replicado recientemente en Joker ([Todd Phillips, 2019]).

Peter Lorre en M (1931) vs. Joaquin Phoenix en Joker (2019).

En la imagen icónica del filme, Hans Beckert, el asesino, se cruza con las fuerzas policiales y el ejército de mendigos contratados por la mafia. Como todavía no pueden arrestarlo, un mendigo lo marca con tiza para que lo reconozca todo aquel que lo persiga. En su abrigo se dibuja un tatuaje infame: M (es decir, la letra inicial de la palabra “asesino”, escrita en alemán). Con Beckert señalado, la película hace a la audiencia partícipe de una persecución ilegal. Puede que la culpabilidad del asesino sea incontrovertible, pero tomar justicia propia y torturar no se encuentran dentro de los acuerdos sociales celebrados en las leyes.

En el clímax de la película, el rostro de Lorre, de nuevo humaniza a un enfermo mental. Ninguno de sus crímenes es justificado, aunque su sufrimiento es notable. Aun cargando con los fantasmas de sus víctimas y el dolor de sus madres, Beckert no puede evitar matar. Es una pulsión que existe dentro de él para desgracia de la sociedad en la que vive.

Según esto, la tesis de Lang y von Harbou resulta complicada y pesimista. Las masas pueden convertirse en jueces y ejecutores imparables, cualquiera puede asesinar y aparentar ser una persona común y corriente, y el infierno puede materializarse para los miembros de la sociedad más vulnerables al cruzar una esquina.

Las madres de las víctimas miran a la cámara en el plano final y dictan la única moraleja de M: la justicia es lenta y jamás reparará sus pérdidas, además de que el Estado no hizo lo suficiente para ayudarles a cuidar a sus hijas mientras luchaban por su subsistencia.

M podría considerarse más un documental que pieza de ficción. Su historia le da prelación a la sociedad como una bestia complicada con muchos rostros: las autoridades, los criminales, los victimarios y las víctimas. Más allá de esto, la película establece una conversación directa con la audiencia, cuestionando si mantendremos nuestros valores sobre la justicia en un contexto tan difícil como la histeria colectiva. ¿Estamos dispuestos a suspender nuestras instituciones o ceder nuestra privacidad para aplicar una justicia más rápida en aquellos sujetos que agobian nuestra existencia? Las interrogantes que M realiza estaban vigentes en 1931 y continúan estándolo en 2022.

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