Palomita de maíz

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Las películas provocativas de TIFF 2022

Escrito el 23 septiembre, 2022 @bmo985

Ha llegado a su fin el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF por sus siglas en inglés), al que Palomita de maíz tuvo el privilegio de asistir. Debido al ajetreo frenético de un festival de cine presencial, no es posible escribir largo y tendido sobre todas las películas a las que se asiste, aunque hemos dejado constancia de algunas. Sirva este espacio para presentar breves impresiones no de las mejores películas del festival, sino de aquellas que provocaron respuesta apasionada.

R.M.N. Dir. Cristian Mungiu.

R.M.N. es la más reciente película del maestro rumano Cristian Mungiu. Un retrato multitudinario de un pueblo en Transilvania que hace erupción súbita cuando la fábrica de pan local contrata a trabajadores provenientes de Sri Lanka. Este drama que subraya la complejidad del mundo actual comienza como el retrato de un hombre incapaz de coartar sus impulsos y poco a poco se convierte en una disección forense de la insurgencia de corte populista y xenofóbica que toma por asalto este poblado montañés, caracterizado por su diversidad étnica.

En la charla posterior a la proyección, Mungiu – hombre de palabras suaves y presencia afable – sugirió que la corrección política le parece un emprendimiento estéril porque es tan solo un esfuerzo por cambiar el lenguaje y no el pensamiento. Por ello a sus personajes les es lícito decir lo que realmente piensan, palabras que parecen reprobables y que explotan a la esfera pública en el clímax del filme: una reunión de emergencia convocada por el alcalde y el cura del pueblo en el que la población húngara – allí conviven hablantes húngaros y rumanos – exige la expulsión de los trabajadores de la fábrica de pan.

Mungiu, maestro del drama sutil, no hace que la audiencia tome partido en la discusión, más bien la invita a reconocer la intrincada red de motivaciones individuales y grupales detrás de una oleada populista como esta. Por si fuera poco, el plano final de R.M.N. es sin duda el mejor de todo lo que vi durante el festival.

De Humani Corporis Fabrica. Dirs. Lucien Castaing-Taylor y Verena Paravel.

De Humani Corporis Fabrica es un filme cuasi experimental de los documentalistas Lucien Castaing-Taylor y Verena Paravel, una odisea a través de la red de hospitales públicos parisinos, en el que, al lado de cirujanos, médicos, enfermeras y personal forense, ingresamos una y otra vez al cuerpo humano. El cerebro, la próstata, el intestino delgado, el ojo o la uretra son algunos de los órganos que conocemos desde dentro.

Sin una voz en off que guíe en los procedimientos invasivos, De Humani Corporis Fabrica no es un documental didáctico, pues su exploración del cuerpo humano mediante las imágenes que recogen las cámaras usadas en el quirófano no se preocupa por explicar su funcionamiento o demostrar las formas en que se realizan las operaciones. Se trata más bien de un documento que da testimonio sobre la labor médica, de su pesada carga de trabajo salvando vidas a lo largo del día, bajo el riesgo constante de encontrar la situación hospitalaria desmoralizante, cortando e introduciendo manos y herramientas en cuerpos inertes, insensibles a la violencia de sus intervenciones y a menudo a la dignidad de sus pacientes, pero al mismo tiempo concentrados en salvar sus vidas. Es un filme difícil, pero revelador, cuya secuencia final es una bien merecida recompensa.

The Son. Dir. Florian Zeller.

The Son, el segundo largometraje de Florian Zeller, no recibió la aclamación crítica a su estreno en Venecia y parece que se dirige a un destino diametralmente opuesto al del primer largometraje del director alemán, The Father. Las diatribas en su contra se han enfocado en el trabajo de Laura Dern y Zen McGrath, madre e hijo en la trama, llegando a señalar que Dern hace el peor papel de su vida (una hipérbole que nunca se me ocurriría escribir), esta mala recepción me ha parecido injusta y despistada por varios motivos.

La película desarrolla el interés de Zeller en la salud mental en el contexto familiar que ya se podía apreciar en The Father, con la diferencia de que aquella partía del punto de vista subjetivo para dar cuenta del descenso de su protagonista hacia la vorágine de la senilidad, mientras que aquí la historia se cuenta en tercera persona, presentando a un par de padres (Hugh Jackman y Laura Dern) que atestiguan la forma en que la depresión se adueña de su hijo adolescente (McGrath).

Con la ayuda de un cameo espectacular de Anthony Hopkins, The Son cuenta con un final desgarrador que sugiere que tal vez el núcleo familiar no está preparado para lidiar con una crisis como la que plaga a su protagonista, conclusión que ya podía avizorarse en The Father. Como un drama familiar, The Son está muy bien logrado, si bien hace poco para innovar el género, dándole el reflector a Jackman como el padre que debe dilucidar una estrategia para ayudar a su hijo sin descuidar su nueva vida junto a su joven esposa (Vanessa Kirby) y su hijo recién nacido. Dern, por su parte, tiene un papel más limitado en términos emocionales (es una madre consternada y alienada por la atroz depresión que compele a su hijo a alejarse de su lado), motivo por el que supongo que le llovieron malas críticas. No seré yo quien desprecie un drama sensible sobre la ineludible soledad y la impotencia del ayudar al prójimo en estos tiempos aciagos.

EO. Dir. Jerzy Skolimowski.

EO, anunciada como una recreación libre del clásico de clásicos Au Hasard, Balthasar (Robert Bresson, 1966), tiene como figura principal al burro Eo (pronunciado “io”), quien después de ser liberado del circo polaco donde actuaba junto a la cariñosa acróbata Kassandra (Sandra Drzymalska), emprende un viaje accidental a través de Europa.

Al contrario de Bresson, quien exprimía la expresividad de los rostros de sus intérpretes (por eso el burro Balthasar era el protagonista bressoniano perfecto), el director polaco octogenario Jerzy Skolimowski le imprime emotividad y expresividad a su animal en pantalla. Eo responde al mundo que lo rodea, sueña, ama, tiende lazos de amistad y comprende los sucesos que presencia. Por si fuera poco, de la mano del director de fotografía Michal Dymek, Skolimowski cuenta esta historia con bombo y platillo, construyendo secuencias de espectacular psicodelia que subrayan la búsqueda de amor y comunidad de un humilde cuadrúpedo europeo.

The Wonder. Dir. Sebastián Lelio.

The Wonder es uno de los dos estrenos que Florence Pugh tiene programados para este año. Descontando el melodrama detrás y delante de cámaras de Don’t Worry Darling (Olivia Wilde, 2022) que no he visto, puedo decir que Pugh sigue demostrando ser una de las grandes actrices de su generación, cuyos talentos no deberían desperdiciarse en proyectos de escaso valor cultural y artístico (me refiero a Disney/Marvel). Quién me parece una sorpresa es Sebastián Lelio, director chileno de la aclamada Una mujer fantástica (2017), y quien demuestra un control excepcional de la atmósfera, la tonalidad y las actuaciones recatadas. Logra una puesta en escena cuasi experimental de intriga espiritual en la que la ciencia y la fe colisionan en un contexto de emergencia social.

Es una lástima que The Wonder se dirija a Netflix, pues la compresión necesaria para reproducir una película en esta y otras plataformas provoca una caída en la calidad de los colores, y este es un filme exquisitamente diseñado (Grant Montgomery) y fotografiado (Ari Wegner), de tonalidades oscuras y colores profundos. Por último, es de notar la actuación de la joven Kíla Lord Cassidy como una niña en el borde de la santidad.

Sick. Dir. John Hyams.

Sick aborda la crisis del Covid-19 desde la perspectiva del slasher en una historia sobre un asesino sin motivos aparentes que aterroriza a dos estudiantes universitarias que pasan la cuarentena de marzo de 2020 en una cabaña a las orillas de un lago. Escrita por Kevin Williamson (Scream) y dirigida por John Hyams (Universal Soldier: Day of Reckoning, 2012), Sick es escandalosamente divertida en su mirada satírica a los rituales de la higiene de la primera oleada del coronavirus, brutal por los asesinatos que comete su misteriosa figura central que algo tiene del Michael Myers de Halloween (John Carpenter, 1978) y que sigue a dos mujeres (Gideon Adlon y Beth Million) obligadas a la valentía, claro está, siguiendo las normas de distanciamiento social.

Será el sereno, pero la sorna con la que Sick aborda la pandemia de 2020, aunada con su frenética segunda mitad, alcanza grados de catarsis que permite reírse sobre la incertidumbre de aquel fatídico año. Encima de esto, se trata de una película de acción efectiva que con 83 minutos nos lleva de aquí para allá en un solo escenario, acumulando cuerpos y risas en el camino.

Holy Spider. Dir. Ali Abbasi.

Holy Spider, filme del iraní exiliado Ali Abbasi, cuenta la historia basada en hechos reales de un asesino de mujeres en la ciudad de Mashhad, Irán. Dividida en dos partes, Abbasi sigue de cerca al asesino (Mehdi Bajestani), un obrero de la construcción que busca y asesina a mujeres que se dedican al oficio más antiguo, así como a la reportera (Zar Amir Ebrahimi, ganadora del premio a Mejor actriz en el festival de Cannes 2022) que llega de Teherán con el objetivo de hacer la crónica criminal, pero termina involucrándose de más en el caso.

Mucho se ha dicho sobre esta película, la naturaleza explotadora de su material y la forma en que Abbasi lo aborda, pero me parece que esto podría decirse en general del subgénero del asesino serial, a menudo basado en hechos reales. No obstante, el cine puede (y debe) reflejar la vida real, no solo sus aspectos más agradables.

Dicho esto, descubrí en su primera parte una escalofriante historia contada a través de primeros y primerísimos planos (en el aspecto visual poco hay que recriminar). Tan solo en los primeros diez minutos hay un plano que condensa tal cantidad de horror y maldad que me hallé pensando una y otra vez en él. Sin embargo, para su segunda mitad, Holy Spider se enfrasca en un drama judicial que, en su esfuerzo por hallar respuestas, se siente más como un capítulo extendido de Law & Order, haciendo explícita una demoledora crítica hacia Irán y su sistema político con giros que embotan la capacidad de indignación de la audiencia, revelando el gusto perverso del autor iraní por torturar al público. Por su parte, Ebrahimi está impecable y valerosa.

Decision to Leave. Dir. Park Chan-wook.

Decision To Leave, del maestro coreano Park Chan-wook, dejará a más de uno con un sabor de boca agridulce. Se vendió como un filme negro con un detective (Park Hae-il) y una mujer carismática (Tang Wei) en su centro, pero se trata de algo más complicado que eso. Pintada con los mismos brochazos románticos que se hallaban en la obra anterior de Park, The Handmaiden (2016), pero fundamentalmente distinta de aquella en más de un renglón, esta es una película laberíntica que no traza una línea recta para su romance poco convencional entre una sospechosa de asesinato y el detective casado a cargo de la investigación, ni culmina en un espectáculo de subversión populista.

Park, derrochando estilo en una puesta en escena vigorosa repleta de planos imposibles, lanza una bola curva con este filme que escapa cualquier explicación fácil, subrayando así la complejidad del individuo y la dificultad para tender lazos afectivos. Esto no impide que Decision To Leave tenga una amplitud de momentos cómicos, nacidos de la incomodidad de la naciente intimidad, el engaño y la duplicidad como modo de vida o de las situaciones comunes en la profesión policiaca, incluyendo una persecución por las sinuosas calles de Busan. Espectacular, pero deja con más preguntas que respuestas.

Triangle of Sadness. Dir. Ruben Östlund.

Triangle of Sadness de Ruben Östlund representa, lo queramos o no, la consagración de este autor, ganador doble de la Palma de Oro del Festival de Cannes (por este filme y The Square, 2017), cuyas obras se caracterizan por presentar de forma satírica a las clases altas europeas, desnudando su egoísmo a través de un humor seco y negro. A lo largo de sus más de dos horas de duración, lo que más me sorprendió de esta película es lo poco que tiene que decir sobre los temas que presenta en pantalla.

El crucero de lujo que abordan sus protagonistas es una alegoría sobre las clases sociales, ilustrando las prerrogativas autoproclamadas de las despreciables clases altas y después imaginando el colapso de ese orden en una isla desierta. Sin embargo, Östlund cae una y otra vez en lugares comunes, haciendo que su sátira se sienta hueca y poco esclarecedora de la ideología detrás de ella.

Lo que comienza con la torpeza e incomodidad como ejes de la comedia – algo similar a lo que sucede en Hollywood – concluye en notas cada vez menos sutiles como un ejercicio de subversión forzada que más bien parece destinado a darse a sí mismo palmadas en la espalda por sostener posturas progresistas. No obstante, no niego que la prolongada secuencia central de escatológica tragedia me pareció hilarante.

Women Talking. Dir. Sarah Polley.

Women Talking, la más reciente película de la actriz canadiense convertida en indispensable directora Sarah Polley (Take This Waltz), adapta la novela de Miriam Toews sobre un grupo de mujeres en una comunidad religiosa insular que deciden hacer frente a los abusos recurrentes que los hombres llevan a cabo bajo el cobijo de la oscuridad. Mucho se ha dicho sobre su estatus como un filme surgido del movimiento #MeToo, pero en la práctica es más similar a un drama judicial como 12 Angry Men (Sidney Lumet, 1957), solo que está animado por la urgencia política de la coyuntura en la que vivimos.

Filmada en colores desaturados que hacen pensar en una vida de violencia e incertidumbre, Women Talking cuenta con las actuaciones de Jessie Buckley, Rooney Mara, Claire Foy, Sheila McCarthy, Judith Ivey, Michelle McLeod y Frances McDormand, pero es Foy quien brilla al fin con intensidad, exigiendo el lugar que le corresponde en el panorama actual. Revolucionaria y feroz, pero con la ternura como estrella cardinal, Polley ha hecho una película provocadora que parte de la solidaridad como eje de discusión.

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