La bruja, de Robert Eggers: el sabor de la mantequilla

Escrito el 2 mayo, 2022 @ECinematografo

Esta pieza es parte de una retrospectiva especial del trabajo de Robert Eggers con motivo del estreno de El hombre del norte.

Esta reseña contiene spoilers.
La bruja. Dir. Robert Eggers. A24. 2015.

“Black Philip dice que eres malvada,” le comunica una niña traviesa a su hermana mayor al transmitirle la opinión que una cabra guarda sobre ella. Este es uno de los muchos momentos desconcertantes de La bruja, la primera película dirigida y escrita por Robert Eggers. No sabemos si esta pequeña está jugando con sus palabras o si de verdad está comunicándose con un animal negro y con cuernos, una presencia que simboliza al gran adversario del cristianismo: el Diablo.

La bruja está situada en la América del Norte del siglo XVII. Varias comunidades puritanas empezaban a asentarse en territorios extraños y a producir personas cada vez más rígidas en su forma de aplicar el dogma. William (Ralph Ineson), el patriarca de la familia protagonista, seguro de que su superioridad moral es más importante que el bienestar de los suyos, decide exiliarse de su congregación para irse a vivir con ellos al borde de un bosque.

Eggers plantea la siguiente incertidumbre: ¿Qué pasaría si una familia más fiel a sus creencias que a sí misma debiera lidiar con terrores incomprensibles que su fanatismo no es capaz de enfrentar? Para responder esta incógnita el cineasta trasciende las limitaciones de su presupuesto con una producción basada en locaciones que solo trasmiten soledad, una fotografía carente de color, un lenguaje fiel a la época que es representada y, sobre todo, un reparto que se convierte en una parentela que no está preparada para enfrentar el peor desafío posible.

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Se ha planteado recientemente que el interés de las nuevas generaciones de cineastas no es presentar un final feliz, sino exigir una disculpa por parte de sus padres (ej. Encanto, Turning Red). Eggers parece argumentar que es un despropósito exigir esto a las generaciones pasadas, ya que estas jamás recibirán alivio por parte de cultos y discursos arraigados. La bruja entonces señala un abismo de intolerancia y personajes que prefieren arrojarse a él antes que admitir que su orgullo les condenó a vivir una existencia entera en desconfianza.

Harvey Scrimshaw y Anya Taylor-Joy en La bruja. Dir. Robert Eggers. A24. 2015.

William y su esposa Katherine (Kate Dickie) saben que creer en Dios inspira su espíritu con la certeza de que siempre serán amados, y al mismo tiempo, exageran los preceptos de una institución que les obliga a temer a sus instintos e individualidad. Ambos enseñan a sus hijos que siempre cargarán con el peso de su naturaleza pecaminosa en vida, así sean redimidos o condenados cuando mueran. Esta clase de fanatismo no está interesado en hacer las paces o promover una relación sana entre los padres y su descendencia.

Cuando Samuel, el hijo menor y un bebé, es secuestrado por una fuerza invisible, nadie tiene las destrezas para enfrentar tal catástrofe. Ni siquiera como audiencia somos capaces de enfrentar la tragedia. Eggers muestra cómo Samuel es raptado sin abusar de sensacionalismo. El niño solo desaparece ante los ojos de una hermana atenta. Luego, solo queda el duelo de cada personaje.

Katherine está inconsolable. William roba sigilosamente sus efectos personales más preciados para comprar comida, en vez de regresar con toda su estirpe a la aldea. Caleb (Harvey Scrimshaw), otro hijo, empieza a considerar pensamientos difíciles: teme por el alma de su hermanito porque cree que está ardiendo en el infierno por no estar bautizado, mientras su padre se niega a defender la inocencia del bebé así sea para consolar al hijo que le queda. Además, contempla en privado su sexualidad al notar sin ninguna malicia que Thomasin (Anya Taylor-Joy), su hermana mayor, se está desarrollando.

Thomasin también se atormenta a sí misma por su propio comportamiento y los eventos recientes: ha dejado de trabajar para jugar en privado y está empezando a entender que su voluntad es distinta a la de sus padres. Su madre, en particular, le teme porque cree que es propensa al pecado dada su transición a la edad adulta y su “responsabilidad” por la desaparición de Samuel.

Eggers plantea el sufrimiento de sus personajes en esta granja tan cerrada. No existe privacidad, solo la inmensidad de un bosque que los puede devorar vivos si deciden enfrentarlo solos. Así bien, esta turbulenta vida emocional parece deteriorar cada vez más el vínculo familiar. Mientras Jonas (Lucas Dawson) y Mercy (Ellie Grainger), los más pequeños de la casa, empiezan a jugar, celebrar y “recibir consejo” junto a Black Phillip, Thomasin y Caleb intentan apoyarse entre sí para el beneficio de sus padres y hermanos. Thomasin quiere que Caleb atesore su vida pasada en Inglaterra para que pueda enfrentar su pena, pero cuando su hermano es incapaz de compartir estos recuerdos, son abruptamente separados por las fuerzas del bosque, hecho que contribuye a que ella siga siendo señalada como la razón de la aniquilación de la familia.

Anya Taylor-Joy en La bruja. Dir. Robert Eggers. A24. 2015.

Thomasin es una protagonista que no está destinada a convertirse en una heroína convencional del género de terror. Su posición tan vulnerable, particularmente al ser considerada un peón de Satanás, continúa arruinándose por su propia mano. Sola y sin nadie que le crea, Thomasin admite una culpabilidad que no tiene frente a sus hermanitos, recurriendo solo a asustarlos para defenderse de sus palabras. “Sí, yo soy la Bruja de las Bosques,” declara una imponente Anna Taylor-Joy jugando a ser un ícono de crueldad y seguridad, solo para verse abusada por la inflexibilidad de su familia. Cuando Caleb es encontrado malherido, su papel en la tortura de su hermano parece ser claro para todos.

Sumado al momento en que Thomasin intenta que Caleb recuerde el pasado, existen otros momentos que contemplan la posibilidad de que estos puritanos sobrevivirán. En momentos contados, Kate parece recuperar su cariño por Thomasin. Durante un discurso, la matriarca recuerda cuando niña pensaba que podía recibir un amor incondicional que solo podía asegurarle su fe, algo que no sabe que no volverá a sentir ahora que su esposo le miente y sus hijos fallecen. En un último momento de unión desesperada, los personajes se reúnen para orar alrededor de Caleb solo para ser testigos del deterioro de la persona más sincera que conocían.

En últimas, La bruja muestra los peores desenlaces para este grupo, mientras que una fuerza invisible que se manifiesta de forma física de forma infrecuente empieza a ganar terreno. La maldad en esta cinta juega sus fichas con deleite, mostrando que, sin la existencia de incondicionalidad y perdón, solo quedan almas prestas a ser sometidas a la oscuridad. ¿Qué hubiera sucedido si William y Kate hubieran mantenido su fe y creencias sin comprometer la capacidad de sus hijos de sentirse acompañados y sostenidos? ¿Si William hubiera renunciado a la inflexibilidad de sus costumbres, prefiriendo la comunidad de sus pares pese a sus diferencias de credo, y no la intemperie de un bosque? ¿Si Thomasin no hubiese sido señalada como peligrosa solo por su condición de mujer y adolescente en crecimiento?

Al final, solo quedan Thomasin y Black Philip cara a cara. Thomasin, una superviviente, no tiene los medios para regresar a la aldea más cercana, ni comida, ni forma de explicar los crímenes que se dieron en su cabaña o la desaparición de los suyos. Se ve obligada a entablar una conversación con la cabra, la cual le ofrece lo que más le causará alivio en el momento: comer y recordar el sabor de la mantequilla. Después de ser estigmatizada y abusada por su propia familia, Thomasin considera entregarse al Diablo para seguir viviendo, pero una pregunta adicional encadena su espíritu para siempre al Adversario. Habiendo estado dispuesta a entregar su vida a una cultura que la limitaba en cada aspecto, la chica firma el libro cuando Black Phillip le pregunta si quiere, por fin, vivir deliciosamente.

Anya Taylor-Joy, Ellie Grainger y Kate Dickie en La bruja. Dir. Robert Eggers. A24. 2015.

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La cultura debería ser una herramienta que permita desenvolvernos en comunidad y familia, no un desagüe donde todo vínculo está destinado a deteriorarse y romperse. En 90 minutos, con imágenes que hacen extrañar todo rastro de vida, color y luz, Eggers empuja a sus personajes hacia un futuro miserable.

En La Bruja nos muestra que sí, en efecto, alguna vez existió un vínculo afectivo fuerte entre sus personajes centrales, el cual es condenado cuando la arrogancia y el fanatismo predominan sobre la solidaridad y el amor fraterno. El Diablo gana al final de la película, pero solo porque sus objetivos eran presa fácil. Tal vez el mayor adversario no es una fuerza maligna paciente y despiadada, sino nosotros mismos.

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