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La amargura de buscar sentido a la pérdida en Drive my Car

Escrito el 22 marzo, 2022 @CesarAndreZzZ
Drive my Car. Dir. Ryusuke Hamaguchi. 2021. Janus Films.

Entre el catálogo de los 10 títulos nominados en la categoría de Mejor película en los premios Óscar de este año, la mayor sorpresa es la presencia de Drive my Car (ドライブ・マイ・カ), del director japonés Ryūsuke Hamaguchi, un drama independiente que fue lentamente desplazada en foco de atención por otras cintas después de su estreno en el Festival de Cannes.

Sin embargo, sus cuatro nominaciones al Óscar significan una buena recepción por parte del público, lo cual sería afortunado, ya que pese a estar basada en la historia corta del mismo nombre de Haruki Murakami, Drive my Car se siente como uno de los relatos más originales de tiempos recientes por su capacidad de manejar temas humanos complejos con naturalidad, en especial, la vivencia del duelo. Este proceso psicológico que afrontamos en distintas etapas de nuestra vida, variando en gravedad y significado, tiene en común que inicia luego de una pérdida de algo o alguien significativo. La psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross es la mayor exponente del tema, y comprender sus aportaciones permite un análisis meticuloso de la cinta de Hamaguchi.

Durante gran parte de los años 60, Kübler-Ross dedicó su carrera al estudio de la vivencia psicológica de los enfermos terminales en centros de cuidados paliativos alrededor del mundo. Sus investigaciones le permitieron desarrollar teorías que se corroboraban a través de la apreciación de la experiencia universal que, como seres humanos, compartimos respecto a nuestra complicada relación con la muerte. A ella le debemos las famosas cinco fases del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación, las cuales identificó como patrones comunes tanto en las personas que estaban próximas a fallecer debido a una enfermedad, como en los familiares luego de que su ser querido fallecía.

Sin embargo, el trabajo de Kübler-Ross fue mucho más complejo de lo que se conoce. Ella abogaba por la muerte digna y la legalización de la eutanasia. Su experiencia en una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial, siendo ella apenas una adolescente, fue la base que le hizo comprender la magnitud que tiene el dolor de la pérdida en la experiencia humana y cómo cambia radicalmente la forma en la que afrontamos la vida.

La frase que mejor simboliza su legado es “a menudo asumimos que si somos buenas personas no sufriremos los males del mundo”, refiriéndose a nuestra percepción sobre las desdichas que nos aquejan, lo imposible que es planificar la vida y la búsqueda frustrante de un sentido o una razón a todo lo que nos ocurre. La vivencia de la muerte y sus fases se parece mucho a la de la vida misma, la lidiamos con emociones intensas y ambivalentes, tratando de sentir que todo tiene un propósito mayor como forma de convencernos de algo, ya sea que no es nuestra culpa, que vendrá algo mejor o que pudimos haberlo prevenido.

Son muchas las películas que basan su trama en la melancolía existencialista de explorar los matices de nuestra existencia, la forma en la que las relaciones con otros nos definen, construyen y deconstruyen, y la amargura que a menudo nos inunda y nos hace dudar de nuestro propósito. Las mejores cintas que hacen ese abordaje triunfan por una sinceridad demoledora, por la resistencia a dar respuestas fáciles, y por dar la sensación al espectador de que es una persona diferente una vez que terminó de verla. Este es el caso de Drive my Car, una obra rotunda y compleja que recuerda lo existencialista y frágil que puede llegar a ser el cine.

Drive my Car
Drive my Car. Dir. Ryusuke Hamaguchi. 2021. Janus Films.

El trabajo de Hamaguchi se siente inspirado por las reflexiones que Kübler-Ross nos dejó sobre la vida y la muerte, dos constantes en su película que trazan y diluyen sus diferencias de una forma tan sutil que puede pasar desapercibida. Dividida en tres actos, en el primero de ellos que funciona como prólogo se presenta la historia de Yūsuke Kafuku (Hidetoshi Nishijima) un actor y escritor de teatro, casado con Oto (Reika Kirishima), una guionista de cine, con quien recientemente vivió la tragedia de perder a su hija a causa de una neumonía.

Este largo prólogo tiene la intención de construir las bases y funcionamiento de la relación de Yusuke y Oto, quienes siguen juntos más por dependencia y miedo a la soledad que por amor genuino. Después de una infidelidad que Yusuke percata, pero guarda en silencio, una nueva tragedia llega a su vida: la repentina muerte de Oto por una hemorragia cerebral. En su funeral, Yusuke observa al amante de su esposa, pero absorto y retraído en su propio dolor, lo evita, solo dándole una fría mirada. Dos años después, Yusuke acepta una residencia en Hiroshima para dirigir una adaptación experimental, que combina diferentes idiomas, de la obra de teatro Tío Vania de Anton Chéjov.

Sin embargo, hay un problema mayor que da sentido al título de la película, y es que Yusuke está teniendo problemas de vista que el médico explica se agravarán con el paso de los años. Además, la compañía de teatro requiere que esté acompañado por un conductor. Es aquí donde entra Misaki (Tōko Miura), la joven chofer designada de Yusuke, quien lo llevará a dónde necesite, y quien creará lentamente un vínculo con él, pese a la resistencia emocional y amargura de Yusuke por sentir que está perdiendo su libertad. Con estos hechos construidos, y muchos más que se irán desarrollando, Drive my Car se da a la compleja labor de desarrollar personajes realistas con capas de contenido.

El resultado es un inteligente ejercicio de meditación sobre temas tan amplios como nuestra relación con la muerte, el orgullo que nos separa de los que amamos, la culpa, el perdón y la angustia de estar vivos. Sería muy sencillo que la película explicara con obviedad la vivencia del duelo de Yusuke por fases, que, en realidad, están presentes de manera implícita. La negación está ahí como una suerte de estancamiento y represión emocional. La ira y la depresión se manifiestan a partir de sus conversaciones con Misaki. Y más notoriamente, la negociación es el portal que define el sentido de la película.

El dolor por la muerte de su hija y ahora la de su esposa, que se agrava con la represión y culpa de no haber expresado toda la frustración que guardaba hacía ella, han convertido a Yusuke en un hombre vacío emocionalmente, en alguien que se ha estancado en la vida y quien, aunque no lo exprese, está a la espera de algo que le haga sentir que vale la pena seguir existiendo. Ese es el punto final de la amistad que establece con Misaki: ambas almas frustradas y reprimidas encuentran compasión sin juicios en el otro.

El centro de la película, sin embargo, es la vivencia de la pérdida y la búsqueda de sentido ante la misma. La metáfora de un pequeño auto rojo que recorre sin aparente rumbo una ciudad que se siente desolada, habla de cómo Yusuke lidia con la pérdida en silencio sepulcral, evitando el contacto humano lo mejor que puede, y desarrollando únicamente relaciones pragmáticas y laborales. Kübler-Ross planteaba que, al privarnos de nuestras emociones y el proceso del duelo, al poner resistencia a la vulnerabilidad de nuestra naturaleza, perdemos poco a poco nuestra humanidad. Negamos la parte de nosotros que debe y necesita estar en contacto con la pérdida para comprender nuestra propia mortalidad.

Drive my Car. Dir. Ryusuke Hamaguchi. 2021. Janus Films.

Yusuke vive esa frustración, porque además de haber afrontado tragedias amargas y dolorosas, trata de encontrarles un sentido, un propósito, una explicación para que le hayan pasado a él, algo similar a lo que afronta Misaki con la conflictiva relación que tenía con su madre, una mujer abusiva que murió en un deslizamiento de tierra. Hay culpa en su vivencia personal del duelo, pues nos enteramos de que pudo haber salvado a su madre aquella noche, pero sea de manera consciente o inconsciente, huyó del lugar y no lo hizo.

El silencio y represión de Yusuke ante la infidelidad de su esposa tienen respuestas en las conversaciones en el auto con Misaki, y definen a ambos como personas que pasan por circunstancias específicas, pero que tienen similitudes entre sí. Comparten el temor a la soledad, también relacionado con el miedo a la muerte y a la búsqueda frustrada de explicaciones para lo que les ocurre, y las cosas desesperadas que hacen para mantener lo que creen que es amor, para Yusuke, soportar una infidelidad en silencio, y para Misaki, reprimir los abusos de su madre. Todo esto es inconsciente, y parte del proceso de sanación es desprender la culpa de aquello que no controlamos, afrontar la realidad de que las acciones de otros hacia nosotros no son nuestra responsabilidad.

No hay respuestas absolutas, no hay una explicación directa y real de por qué nos toca afrontar cosas específicas en momentos determinados de la vida. Simplemente ocurren. La obra que prepara Yusuke, que se muestra de manera paralela, es inicialmente una canalización del dolor en el arte. También toma su significado cuando en las audiciones llega el joven amante de Oto, el cual Yusuke identifica de inmediato, lo que propone una tensión incómoda entre estos personajes y sirve como un catalizador de las emociones reprimidas del protagonista, en especial la ira.

Luego, en cierto punto, cuando Yusuke y Misaki hacen un viaje a las ruinas en la que murió la madre de ella, él le dice una frase que fácilmente podría condensar la esencia de la película y las propuestas de Kübler-Ross sobre nuestra relación con la muerte: “Los que sobreviven siguen pensando en los muertos. Tú y yo debemos seguir viviendo”.

Esta es la amarga resolución que ambos encuentran: comprender la complejidad de la vivencia del duelo al extrañar a alguien que les hizo daño en una suerte de aceptación dirigida a su realidad presente. Ese “seguir viviendo” condensa la explicación de Kübler-Ross sobre la fase de aceptación, una en la que se comprende que la realidad y la vida ahora son diferentes después de la pérdida y se aprende a convivir con el dolor que dejó la muerte del ser querido, sin que esto prive a una persona de alcanzar objetivos o sentirse satisfechos con ellos mismos.

Es en el acto final, en la esperada presentación de la obra de teatro en la que el mismo Yusuke actúa, que se expone y drena un torrencial de emociones relacionadas con la lucha contra la incertidumbre de la vida, a la realidad de que no hay garantías en nuestra vida más que la misma muerte.

Así como las reflexiones de Kübler-Ross traspasan las simples fases del duelo y se dirigen con honestidad a lo digno que es vivir la muerte y el dolor a nuestra manera, Drive my Car traspasa las simples barreras convencionales de “una película sobre el duelo”. Es sobre la vida y la muerte, y la búsqueda de significados que demandamos. La respuesta no es complaciente, quizá no haya un verdadero propósito más que el simple hecho de vivir. En ese viaje en auto por el cual la película nos lleva comprendemos que la amargura de buscar sentido a todo termina por sofocar la vida. Son las conexiones con otros, los recuerdos que atesoramos, la dignidad y el amor propio los que nos sostienen.

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