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Flux Gourmet (Fancine 2022): la inmersiva escatología de diseño de Peter Strickland

Escrito el 12 noviembre, 2022 @javirocha_

Sección: Concurso.

Dirección: Peter Strickland.

Guion: Peter Strickland.

Elenco: Asa Butterfield, Gwendoline Christie, Ariane Labed, Richard Bremmer, Fatma Mohamed, Makis Papadimitriou, Leo Bill.

País: Estados Unidos.

Palomómetro:

Más información de la película: https://fancine.eu/flux-gourmet/

Flux Gourmet. Dir. Peter Strickland. 2022.

Flux Gourmet, la más reciente película del realizador británico Peter Strickland, plantea a un grupo de “culinarios sónicos” (artistas que conjugan cocina y sonidos envolventes en una interpretación artística única) conformado por Elle (Fatma Mohamed), Billy (Asa Butterfield) y Lamina (Ariane Labed). Su paso por una selecta residencia destinada a dar cabida a este tipo de propuestas y dirigida por Jan Stevens (Gwendoline Christie) es documentado por Stones (Makis Papadimitriou), un inseguro archivista cuyos problemas gastrointestinales se agravan peligrosamente.

Encontramos en Strickland a un director esteta, con un interés en el poder de la imagen y, sobre todo, del sonido para hipnotizar e incomodar. Aunque la tendencia a experimentar formalmente sigue presente, en Flux Gourmet también regala un drama bien cuidado y accesible en el que orbitan temas como la creación artística, los desencuentros y las tensiones personales nacidos de la misma, todo ello bañado de golpes de humor seco cercanos al cine de Yorgos Lanthimos y un plantel coral de personajes caricaturescos que bien podrían haber salido de la mente de Wes Anderson.

Entre ensayos de mímica, una puesta en común de sus temores personales, entrevistas uno por uno para indagar en su psique y las actuaciones semanales, salen a relucir los conflictos internos del colectivo liderado por Elle. La frontwoman del grupo, encarnada por Mohamed (habitual en el cine de Strickland), con ideales y valores férreos, altamente controladora con su visión, protagoniza arrebatos despóticos contras sus compañeros, además de un tira y afloja en contra de las sugerencias de la aparentemente asertiva Jan Stevens. De esta manera, se plantea el arte como ejercicio colectivo, así como la importancia de que exista cierta conexión a la hora de rodearse y entenderse con el equipo en busca de llevar a buen término la visión creativa, siendo imprescindible cierta pericia técnica para encontrar una retroalimentación óptima de ideas y conocimiento. Puede extraerse una lectura metanarrativa en la que Strickland pone sobre la mesa reflexiones acerca de la creación y el arte, fácilmente aplicables al mundo del cine.

Entre tanta excentricidad y lucha de egos está Stones, un personaje empático de forma genuina, pues su frustración por tener que limitarse a documentar a los artistas, su enfermedad estomacal (cuyo giro final me hizo soltar una carcajada) y su lánguida narración en off cargada de pesar nos hacen entrar de lleno en su punto de vista. Mención especial para las hilarantes intervenciones en escena del veterano actor Richard Bremmer como el Doctor Glock, encargado de supervisar las dolencias de Stones y de ser la voz discordante siempre que tiene oportunidad. También me ha resultado refrescante ver a actores como Gwendoline Christie o Asa Butterfield, generalmente ubicados en producciones mainstream, prestarse a la comedia quirky que exige un guion como este. La insólita dinámica entre ambos se torna de lo más divertida.

Con una puesta en escena cuidada, la visión de Strickland entra en un terreno especialmente estimulante, cercano al videoarte, en los segmentos de perfomance artística que se recrea mediante sugerentes planos detalle en comida, fogones, batidoras, moduladores y cuerpos en movimiento, aderezados con constantes sonidos distorsionados que contribuyen a una experiencia inmersiva. Las imágenes lujuriosas y sutiles en caleidoscopio de los encuentros del grupo en el backstage contrastan con los momentos más escatológicos de sus actuaciones.

La estructura se plantea como repetitiva y corre el riesgo de alargarse o hacerse redundante, pues vemos la rutina de los artistas en bucle, semana tras semana; sin embargo, me pareció que el metraje del filme acaba justo cuando tiene que acabar, con una resolución más que satisfactoria.

El tratamiento del sonido conforma un tema capital en Flux Gourmet, al igual que ya lo hacía en la cinta de Strickland de 2012, Berberian Sound Studio (encarecida recomendación personal). En aquella se rendía homenaje en clave meta-cinematográfica al cine giallo casualmente desde la perspectiva de un técnico de sonido que vivía desde dentro una producción de este subgénero. Ambas conforman una suerte de díptico en esta tendencia al fetichismo sonoro del británico.

Cabe mencionar que el paso más reciente del director por el Festival de Cine Fantástico de Málaga fue en la edición 28 con In Fabric (2018), un peculiar slasher textil en el que un vestido maldito se cobraba víctimas a diestra y siniestra, siendo ganadora de los premios a dirección, fotografía y banda de sonido. Aunque sus trabajos anteriores entraban con gusto en el terreno del terror puro, Flux Gourmet también se siente bañada por una atmósfera enrarecida, manteniendo esa personalidad tan marcada de las otras joyas de culto que configuran la filmografía de Strickland.

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