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En defensa de…. la trilogía de The Kissing Booth

Escrito el 1 julio, 2022 @VVelSant
 En la sección “En defensa de” recuperamos un filme que fue recibido fríamente por críticos y fanáticos para revisar qué elementos son salvables y las razones por las que, quizá, merece ser reconsiderado bajo una lupa benévola.
The Kissing Booth. Dir. Vince Marcello. Netflix. 2018-2021.

En 2018, la comedia romántica The Kissing Booth llegó a Netflix y se convirtió en un éxito inesperado. Gracias a los comentarios de boca en boca, la película se posicionó como una de las más vistas en su semana de estreno, funcionando con el público objetivo al que estaba destinada. Sin embargo, mientras los números de espectadores subían, el promedio puntuado a partir de las críticas no dejaba de bajar en picada.

Esa mala recepción de los expertos no fue impedimento para que llegara una segunda parte en 2020 y una entrega final en 2021, ambas con la misma suerte que su predecesora en cuanto a críticas. No negaré que The Kissing Booth es un cóctel de clichés envuelto en un guion de fórmula cuyos personajes no toman las mejores decisiones, pero eso no quita que sea una trilogía llevadera y disfrutable que rescata los chick flicks adolescentes que cada vez se ven menos y que son capaces de ponernos de buen humor.

 

En contra

The Kissing Booth. Dir. Vince Marcello. Netflix. 2018-2021.

The Kissing Booth está basada, o al menos la primera parte, en la novela homónima de la autora Beth Reekles, por lo que varios de sus problemas están presentes desde su material de base. Esto no exime a la película, pues después de todo hay ejemplos de novelas flojas que fueron enriquecidas o redimidas al ser trasladadas a la gran pantalla. Sin embargo, la cinta prefiere no complicarse y pasa tal cual los inconvenientes del texto sin hacer un ejercicio de resarcimiento.

Una de las cuestiones que más se le pueden criticar a la trilogía es que va en piloto automático desarrollando las situaciones de manual que las comedias de instituto presentan, de manera que apenas deja espacio para las sorpresas y, lo que es peor, no parece tener inconveniente en que el público se adelante a lo que los personajes van a realizar a continuación. Es todo tan predecible que hay situaciones que se plantean y resuelven en apenas un par de actos, dando así la impresión de que los guionistas hicieron un checklist de escenas que tenían que meter para respetar la fórmula de cajón.

Los guiones son condescendientes con su público, asumiendo que la audiencia adolescente no es capaz de seguir tramas complejas. Así simplifican el argumento de manera que no son solo digeribles, sino fáciles de seguir para esa generación acostumbrada a hacer scrolling en las diferentes redes sociales. Transitar de una escena a otra se siente como pasar de una publicación a la siguiente por la manera exprés que están planteados los diálogos y el trabajo de edición.

Aunque sostengo que The Kissing Booth no es una trilogía merecedora de tanto odio, le doy la razón a sus detractores en el punto de que se queda lejos de erguirse como el chick flick de su generación, lo cual es una lástima, porque quizás es uno de los pocos productos recientes que abraza sin tapujos ese subgénero. En una época en la que las películas comerciales deben incluir un discurso o defender alguna causa, el que un largometraje no tenga problema en autoproclamarse como chick flick y ya es digno de aplaudir.

Sin embargo, más allá de proponerse rescatar los mejores elementos de las chick flicks y comedias de instituto que le precedieron, esta trilogía parece más enfrascada en ostentar el título de guilty pleasure, lo cual tiene connotaciones positivas o negativas dependiendo de si hablamos de placer culposo como Mamma Mia! (Phyllida Lloyd, 2008) o Bride Wars (Gary Winick, 2009). Como sea, hay que darle cierto crédito por buscarlo intencionalmente cuando no es una etiqueta que la mayoría de las películas realmente persiguen.

No obstante, en ese afán, la trilogía da pasos atrás en el terreno de la comedia de instituto respecto a lo que algunas otras propuestas han conseguido. Por ejemplo, 10 Things I Hate About You (Gil Junger, 1999) trasladó el texto literario de William Shakespeare al lenguaje de cine juvenil. Mean Girls (Mark Waters, 2004) esconde en su argumento aparentemente simple una crítica afilada sobre la manera en que las relaciones de poder en una preparatoria reflejan la sociedad actual. Aun así, quizás el ejercicio más redondo es Easy A (Will Gluck, 2010), la cual, además de adaptar libremente La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne, esgrime un argumento ácido que analiza la reputación desde la percepción interna y externa.  

 

A favor

The Kissing Booth. Dir. Vince Marcello. Netflix. 2018-2021.

Después de reconocer que esta trilogía es un cliché, de fórmula y poco innovadora, también debo decir que es tremendamente divertida y llevadera. Mientras que siempre serán bienvenidas aquellas películas que tienen algo importante que decir o que inviten a la reflexión, el simple entretenimiento también debe tener cabida y The Kissing Booth es un gran ejemplo del cine que tiene la única finalidad de amenizar un rato a su público.

Por muy de fórmula que resultan las tres películas, saben utilizar esto a su favor e hilvanan sus clichés de manera que fluyen naturalmente. Si un largometraje no tiene más pretensión que ofrecer entretenimiento ligero, y lo logra a partir de jugar con las reglas establecidas, esto no tendría que ser necesariamente algo que reprochar.

Si hay algo que caracteriza a la trilogía de The Kissing Booth es lo dinámica y lúdica que resulta. Cada entrega arranca con un nivel alto de energía que se mantiene durante su metraje; su ritmo nunca decae. Asimismo, la trilogía propone un estilo visual lleno de color que apela a los videoclips de música pop, por lo que uno puede sentir la propuesta hiperactiva en cada visionado. Las tres películas fueron fieles a ese estilo visual y respetaron las reglas de su propia propuesta.

Asimismo, si bien la falta de originalidad es algo que se le reprocha, también es algo que juega a su favor en el sentido de que es fácil entrar en su dinámica sabiendo que, si estás dispuesto a no esperar más de lo que ofrece un título como éste, la experiencia puede ser lo suficientemente amena gracias a su tono fresco y desenfadado que va directo al grano. Precisamente esta es otra de sus fortalezas: las películas de la serie son directas y no se andas con rodeos.

Hay detalles que demuestran que The Kissing Booth sí entiende a la generación a la que va dirigida. Uno de ellos es que, para ser una película de romance adolescente, es poco cursi, lo cual a veces resulta irritante en otros títulos de esta índole. Hay escenas melosas, pero están acomedidas y no cruzan la línea entro lo romántico y lo excesivamente bochornoso, ahorrándose esa cursilería excesiva que tanto repele a la generación millennial (y posteriores).

Por su parte, los diálogos tienen chispa, percibiéndose orgánico. En vez de buscar cierta trascendencia como otros títulos del género (que parece que intentan generar las típicas frases icónicas que son compartidas como citas motivacionales de Facebook) en cambio, los guiones de la trilogía emulan las charlas triviales sostenidas por cualquier grupo adolescente de amigos, subsanando así la poca originalidad de las escenas con un constate derroche de carisma, algo en lo que los actores aportan.

Jacob Elordi (Noah Flynn) demuestra estar mejor casteado para la comedia romántica que en su papel de bad guy en Euphoria. Joey King (Elle Evans) aporta frescura y matices a un papel que no es precisamente el idóneo para una actriz que ya ha demostrado su potencial. Joel Courtney se lleva la parte más complicada, ya que consigue hacer simpático y adorable a su Lee Flyn, el personaje más infantil e inmaduro de todos (a quién podríamos atribuirle gran parte de los dramas que tienen lugar), pero cuya empatía es indispensable para que la película se sostenga, pues de lo contrario no palparíamos lo importante que es su amistad con la protagonista.

Antes de pasar al veredicto, hay que poner sobre la mesa uno de los temas que critican los detractores de la película: los personajes son ampliamente señalados como inmaduros, artificiosos y tendientes a conductas erráticas. Siendo una película de adolescentes, no considero un punto negativo que los personajes se conduzcan de esta manera ya que es inherente a la etapa de vida que atraviesan. Más allá de que ciertos comportamientos evidentemente son dramatizados y exagerados, da la impresión de que la crítica se ensañó con este aspecto para desacreditar la película cuando hay muchos otros títulos de comedias teen/chick flicks cuyos personajes comparten estas características y fueron más tolerados, por ejemplo, Love, Simon (Greg Berlanti, 2018).

Ahora que sí nos vamos por los comentarios que tachan a Elle de ser una protagonista caprichoso y superficial, habría que apelar a títulos como Clueless (Amy Heckerling, 1995) o Legally Blonde (Robert Luketic, 2001). Claro, parto del consenso de que dichos filmes son recordados con cariño por múltiples generaciones y que mantienen un estatus que seguramente The Kissing Both nunca alcanzará. Sin embargo, haciendo a un lado lo mucho o poco que nos gusten esas películas, no pasa inadvertido que sus personajes principales caen en lo frívolo, sin mencionar que no siempre tienen intenciones altruistas. Más bien esta trilogía fue víctima de haberse estrenado en una época en la que la crítica parece analizar las películas desde una perspectiva sociológica más que como un producto cinematográfico.

 

Veredicto

The Kissing Booth. Dir. Vince Marcello. Netflix. 2018-2021.

Como comedias adolescentes, la trilogía de The Kissing Booth es una experiencia entretenida. Se trata de una gozada que es capaz de hacernos perdonar sus defectos porque nos hace sentir parte de ese grupo de amigos. Como chick flick es probable que no sea abanderada por alguna generación, pero sí supone un meritorio regreso para un género que parece avergonzado de sí mismo.

Otra cosa que se puede destacar es que The Kissing Both no recurre al golpe bajo y emociona jugando en su propio terreno. Es irónico que gran parte de la trama gira alrededor de reglas que Elle y Lee desarrollaron como base de su amistad, ya que la película consigue momentos emotivos jugando con sus propias reglas. Así, en vez de recurrir a la brocha gorda, las escenas más emocionantes están planteadas al apelar a lo que conocemos de los personajes. Momentos como el de Elle y Lee reconciliándose sin decir palabras y solo bailando, Noah marchando a la universidad sin mirar a Elle una vez más, o la secuencia de la fotografía de los tres funcionan porque no se sienten como parte de una búsqueda de emoción forzada, sino porque son acciones que se sienten naturales.

En una época en la que el público está hastiado del fan service, esta trilogía es valiente al cerrar su historia con un final que no es el que se podría esperar, o el que su audiencia quería ver, sino aquel que, además de ser acorde a la trama, pone punto final al viaje de los personajes en unos de los desenlaces más redondos y emotivos que se han visto en este tipo de historias.

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