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No soy una bruja

Escrito el 12 junio, 2018 @Ivanwalls5

Disponible en:

Directora: Rungano Nyoni

Elenco: Maggie Mulubwa, Nellie Munamonga, Dyna Mufuni, Nancy Murilo.

Países: Reino Unido, Francia, Alemania y Zambia

Duración: 93 min.

Palomómetro:  

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt6213284/

No soy una bruja es una cinta de drama escrita y dirigida por Rungano Nyoni, en su debut de largometraje. Esta cinta le valió el premio BAFTA a Mejor director, guionista o productor británico nuevo. La historia narra la vida de Shula (Maggie Mulubwa), una niña de Zambia que es acusada de ser bruja por una turba de pueblerinos y presentada ante la justicia sin más fundamento que los sueños de un hombre y los dichos de una mujer.

Es aquí donde empieza un viaje que nos adentra, junto con la protagonista, a la ignorancia y sus peligros. Un viaje que lleva a Shula a conocer otras supuestas brujas que han sido apartadas de sus pueblos y llevadas a un paraje desolado donde sirven de campesinas al tiempo que también de atracciones turísticas para europeos. Aquí Shula y las otras “brujas” se encuentran amarradas con listones a grandes carretes, lo que las imposibilita alejarse de aquel paraje.

Pronto un funcionario de gobierno, el Sr. Banda (Henry BJ Phiri) ve la oportunidad de hacer negocio y utiliza a Shula para una serie de tareas en donde la obliga a usar sus poderes de bruja: obligar a ladrones a que confiesen, invocar la lluvia y vender huevos mágicos a los incautos.

La cinta tiene tres grandes aciertos:

  1. El mensaje de la cinta es poderosísimo: “la ignorancia de los pueblos y de sus gobiernos nos lleva al atraso”. Es de sorprender cómo, salvo por una oficial de policía, todos parecen creer que las brujas existen, sin pruebas ni cuestionamientos; todos lo toman como un hecho.
  2. Pese al enorme drama que supone la trama, hay varios momentos que sirven de alivio cómico, breves pero necesarios. Estos momentos le permiten al espectador apreciar y entender que nosotros mismos impulsamos el desarrollo de actos ignorantes y supersticiosos (por ejemplo, no usar el número 13, la homeopatía y el uso de cuarzos).
  3. La película establece una mirada introspectiva dura, pues no busca a culpables más alla de las fronteras africanas. No, no es como en “La Pesadilla de Darwin”, cinta de 2004, donde se denuncia el ecocidio del lago Victoria por parte de los europeos, ni como “Señor de la Guerra” de 2005 con Nicolas Cage. Aquí el Occidente está libre de culpa. Son los propios habitantes de Zambia los culpables de su desgracia.

No obstante, la cinta tiene pecados que la hacen caer en nuestro palomómetro:

  1. Es lenta, quizá demasiado. Ya para el minuto 45 se han contado todas las historias posibles de Shula y sólo queda esperar por el final (el cual no llega sino hasta después de otros 45 minutos). Por eso creo que hubiera funcionado mejor como un corto: breve pero poderoso.
  2. La fotografía queda a deber. No se refleja ni la belleza de África, ni el ambiente opresivo y angustiaste lleno de ignorancia y atraso. Hay tomas amplias de cierta belleza que conviven con tomas en primer plano del rostro de Shula. Sin embargo, éstas no son suficientes como para poder destacar esta película en esta área técnica.

Recomiendo la película para aquellos fanáticos del cine de arte, que piensan que el mensaje es más importante que el empaque, pues en ocasiones la paciencia es tentada; de otro modo es mejor abstenerse de ver esta cinta.

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