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Bogoshorts 2023: conversación con Andrés Suárez, jefe de programación

Escrito el 7 diciembre, 2023 @JuanRod_52

Andrés Suárez, jefe de programación de Bogoshorts, llegó al cine de forma fortuita, “lo quería hacer tenía que ver con puesta en escena y me interesaba sobre todo lo del teatro”, comenta sobre el inicio de su carrera. Un desfase en las fechas de ingreso al programa de teatro lo llevaron a estudiar cine en la Universidad Nacional de Colombia, con interés en la escritura y apenas unos conocimientos sobre el séptimo arte: “entré a la escuela sin ser cinéfilo, sin ser alguien con un alto bagaje cultural alrededor del cine. Claramente había compañeros míos que ya sabían quiénes eran Hitchcock, Truffaut, y yo no”. En el transcurso de la carrera se convenció de este camino, especialmente con la historia y la mirada del cine latinoamericano.

Ese interés en lo latinoamericano fue clave para que después de terminar sus estudios fuera contactado por Pedro Adrián Zuluaga, uno de sus profesores y crítico de cine, para formar parte del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) bajo la dirección de Diana Bustamante (Nuestra Película, Memoria) de 2015 a 2018. Su visión sobre las posibilidades del cine latinoamericano, moldeada por su paso por Cartagena y el liderazgo de Bustamante y  Zuluaga, se amplió con experiencias en otros festivales (FICUNAM, Morelia, Mar de Plata, Buenos Aires y Guadalajara), la Cinemateca de Bogotá e instituciones gubernamentales, como Proimágenes Colombia. Además, recientemente incursionó en la producción, distribución y promoción de cine, destacando su rol como guionista e investigador del podcast MUBI Encuentros.

Antes del inicio de esta edición de Bogoshorts, Palomita de maíz platicó con Andrés sobre su relación con el cine, lo que ha aprendido al transitar por diferentes lugares de la industria, su visión del cine latinoamericano y, por supuesto, lo que trae el festival en 2023, que se realiza entre el 5 al 12 de diciembre, con una selección oficial de 430 obras y 51 programas.

Teniendo en cuenta tu recorrido, ¿cómo ha cambiado tu perspectiva del cortometraje?

Alguna vez alguien usó esta imagen que me parece muy importante y es que no se no habla de murales y cuadros, se habla de pintura en general. No importa cuán pequeño sea el cuadro o grande la pintura. En el cine debería suceder igual, no importa si se está hablando del largometraje o de cortos.

Igual siento que en la Universidad Nacional no circulan unas ideas muy conservadoras de lo que es el cine y la experiencia de Cartagena fue notar cómo esa vitalidad, esa libertad formal y narrativa del cine, encontraba expresiones muy distintas. Entonces en esa medida me acercó igual a los cortos porque el cine es muchas cosas y no solamente una buena historia, no que el corte al final tenga un punch o que esté “bien hecho”, porque también hay muchas cosas bien hechas que son completamente insustanciales.

Recuerdo un corto que se llama Estamos todos aquí (Rafael Mellim y Chico Santos, 2017), un corto brasileño en una favela  y que formalmente era muy precario, con una cámara y recursos muy modestos, pero que tenía una energía y un compromiso político completamente desbordados y evidentes.  Fue cómo “Ah, que felicidad encontrar algo así”.

Lo que me gusta en general es encontrar no solamente una cosa singular, que igual es difícil en un mundo donde estamos tan bombardeados de imágenes, pero hay algo que siento, y es que en la escuela no nos insistieron, o no lo suficiente, al menos, esta implicación visceral que uno debería tener con las obras que hace. Los ejercicios fueron tratados mucho como ejercicios. Luego empecé a ver en una película como Como todo el mundo (Franco Loli, 2007) y decía: “Ah, okay, uno de verdad puede estar implicado profundamente en un corto que uno hace”. No son necesariamente los largometrajes donde uno debería invertir tanto de uno mismo, sus intereses, ideales, cosmovisión y emociones, sino que en los cortos también puede haber eso.

También me interesan los cortos latinoamericanos. Aunque Bogoshorts da cuenta de algo muy global, desde lo que se selecciona se busca expandir la noción de cine colombiano o cine latinoamericano. Dejar de pensar que el cine latinoamericano debe dar cuenta de sus contextos sociales y políticos, que sirven más como documentos sociológicos de nuestros países y no de intereses artísticos. El festival este año tiene obras rodadas en Argentina,  Estados Unidos, Corea del Sur, que ni siquiera están habladas con el acento en que estamos hablando y eso me encanta. Además, siento que esta cuestión del origen de las películas, a diferencia de la literatura o de la pintura, recae mucho sobre si [son] colombianas o no. Yo jamás he escuchado esa pregunta cuando se habla de un libro o de una pintura.

¿Cuál es la importancia de la producción de cortometrajes dentro del contexto social latinoamericano?

No condenó en lo absoluto a alguien que tenga intenciones, preguntas, demandas, reclamos políticos tan claros, pero siento que, como programadores y en cualquier tipo de escenario de exhibición, se debería trabajar en contribuir a ampliar eso que estos cines [latinoamericanos] pueden ser. No dándole la espalda a esas obras que por supuesto existen y deben existir, pero también abriendo el espacio a otras que amplíen esa idea. Creo que es abrirle espacio a todo, no insistir en que algo debería ser una sola cosa. De hecho, Bogoshorts tiene una competencia que se llama “Conexión”, en la que se reúnen cuatro programas que reúnen trabajos de cinematografías hermanas, entendiendo esto de una manera amplia.

Este año y el año anterior tuvimos películas que hablan de problemáticas muy precisas en Latinoamérica, por ejemplo tenemos un documental que se llama El cielo es muy bonito de Aracely Méndez (2022) y habla de unas niñas en una fundación en la que reciben mujeres, con sus hijas e hijos pequeños, que están viajando de Honduras a México. Han cruzado la frontera de forma ilegal y en ese lugar encuentran un techo, una cama y alimento. Eso claramente expresa una de las preguntas más importantes de los últimos años y décadas en México. También tenemos La hora de los pájaros de Emiliano Umpierrez (2022), un uruguayo, que es una cosa muy pequeña de ciencia ficción o Lo que los árboles sueñan de Alfonso de Angoitia (2023) en F3 (“Fanático, Freak, Fantástico”), que es un corto mexicano que le tira a la fantasía.

Hay un programa que me interesa muchísimo, un programa dedicado a las obras realizadas por gente de ascendencia u origen latino, pero que reside en Estados Unidos o Canadá (“Conexión: Latinxs”), que son obras muy contaminadas por cierto lenguaje y esquemas de producción que no corresponden a los nuestros, son hiper gringos en ese sentido, pero cuyas preguntas de algún modo se remiten directamente a la cultura latina. O también es muy interesante ver películas que se desentienden completamente de su origen latino y preguntarse cuáles son su inquietudes e intereses al momento de hacer cine. Este año tenemos obras de tres personas colombianas en esa sección, y es muy interesante ver cómo es su relación con este cine, con lo que sucede aquí, pero también cómo eso también se va diluyendo en sus propias experiencias estando allá.

¿Cómo es tu experiencia como jefe de programación de este festival y cómo es la dinámica de trabajo?

Es una convocatoria que permanece abierta cuatro meses. Este es el año que hemos recibido más cortos después de la pandemia por convocatoria, casi 2,600. Para evaluar todo ese material, Bogoshorts históricamente ha tenido un comité de selección compuesto por más de 15 personas. Son subcomités que, por parejas en casi todos los casos, ven ciertas categorías. Entonces hay una pareja que ve “Animación internacional”, otra “Documental internacional”, otra “Experimental internacional” y luego, para “Ficción internacional”, que con la “Competencia colombiana” son donde más se reciben trabajos, somos siete personas.

Del grupo base de programación somos tres personas, Valentina Giraldo y José Emilio González, que ambos son coordinadores de programación. Valentina estudia cine y José es crítico. F3 lo vemos solamente Alejandra Rocas y yo. “Videoclips” lo cura estrictamente Chucky García y “Realidad virtual” Juan Manuel Escobar.

El comité recibe un primer paquete de cortometrajes a mediados de julio, lo que haya llegado hasta ese momento, y un mes después, cuando cierra la convocatoria, el 6 de agosto, recibe un segundo paquete de películas para ver. Un mes después, a principios de septiembre, entregan cada uno una preselección de lo que vieron.

Esa preselección tiene tres semanas máximo para verla la pareja [asignada] y yo, o todo el comité en el caso de “Ficción internacional”. Nos reunimos con cada uno de los subcomités a deliberar para ver todo eso que vamos a invitar a las competencias internacionales. Después, en esos comités no se selecciona todo, una buena parte se queda fuera y la vamos acomodando en las otras secciones del festival, tipo “Conexión”, “Colecciones” o los panoramas nacionales.

Andrés Suárez. Cortesía Bogoshorts.

Cada año se distinguen tendencias al revisar el material, temas que se vuelven prominentes o recurrentes. ¿Cuáles fueron los que estuvieron presentes en esta edición?

El año pasado fue la luz y este año es el cuerpo. Uno tiene mucho la tentación de que si hay un concepto central, un poco buscar obras que respondan esa idea. Sin embargo, no necesariamente son las competencias las que se relacionan completamente con esa idea, sino que eso circula o tratamos de que circule en los especiales.

Este año tenemos un especial con 12 sketches de Marcel Marceau, celebrando los 100 años de su natalicio, o tenemos un especial para celebrar los 50 años de El exorcista, en la medida que la posesión de un cuerpo se relaciona, a pesar de ser un conflicto inmaterial o espiritual. Esa idea conductora está ahí. Igual hay películas en las que uno ve esas ideas y las invita a que hagan parte de las competencias, pero no es un criterio para descartar o tener mucho más en cuenta alguna película que otra.

Siento que al programar lo que se quiere generar con cada sesión, cada proyección, es suscitar una conversación. En esa medida se trata de armar programas conformados por pequeñas piezas que se iluminen entre sí, que digan algo sobre algo. Por eso digo que cuando la película de uno no es seleccionada en un lugar, no es porque no sea buena, es quizás porque son invitadas películas que aportan una mirada sobre un asunto en particular de la conversación que quería proponer el festival.

Ese tipo de tendencias uno las reconoce, pero también hace aparecer ante la gente que va a un festival. Este año en lo colombiano apareció una y otra vez el tema de la violencia y el conflicto armado. Eso fue algo que nos llamó mucho la atención. El año pasado lo colombiano iba por muchos lugares y solo tuvimos un programa de ficción porque, desde nuestro punto de vista, la calidad de las obras no permitía tener dos programas de ficción. Este año, el número de obras que nos interesaban era mayor y entre ellas se estaba tejiendo una pregunta sobre la violencia y el trauma producido por el conflicto armado en Colombia. Es un tema evidente, una cosa que está ahí y el primer programa de ficción colombiano dialoga en esa línea del duelo, la violencia, la desaparición y la ausencia.

En la “Competencia internacional animada” me llama la atención que es un lugar donde las experiencias femeninas tengan tanta exposición. La mitad de las cosas que he visto de animación entre este año y el año pasado tienen protagonistas mujeres, hay un tema con la sexualidad muy fuerte, aparecen unas cosas que quizás en los documentales y las ficciones ocurren menos. En esa medida, lo que hicimos fue que el segundo programa de animación internacional es como una línea de tiempo en la vida de una mujer. Arranca con una niña a la que le llega su primer periodo y el último corto de ese programa es de una anciana que muere. Entonces ahí dibujamos esa línea de tiempo y cada corto expresa una experiencia muy distinta desde puntos de vista diversos para ver a estos personajes femeninos en su amplitud.

En conexiones está en juego eso que digo que cuando se ve un programa que se llama “Latinoamérica” uno entra con ideas muy precisas. Entonces invitamos unas cosas que hacen dudar esas preconcepciones. En “Colecciones”, que es una sección que compite por el voto del público, hay programas temáticos: uno de adolescentes, cine sobre cine, personajes y temáticas LGTBI, historias de amor y gastronomía. Se puede ver cómo esas temáticas, que parecen tan cerradas, se van contaminando las unas a las otras. Entonces un corto que de entrada parecería adolescente, más bien lo metemos en una historia LGTBI y esa la ponemos en la colección de historias de amor para entender que sea hombre, mujer, trans, niño, niña, niñe es una historia de amor y punto.

Salirnos de esa necesidad de limitar me parece muy interesante y me sorprende, de forma bonita, ver cómo el programador se vuelve casi un realizador en ese entretejer de ideas. ¿Cuáles son esos cortos que te sorprendieron y recomiendas?

Fuera de competencia hay un corto que me gusta mucho de Abdellah Taïa, un escritor marroquí, que se llama Never Stop Shouting. Es una carta que le hace a su sobrino que recientemente ha salido del closet y él, siendo un hombre homosexual, a través de esa carta de amor le expresa su apoyo.

En Colecciones (“Desidencias”) hay un corto de Nans Laborde-Jourdàa que estuvo el año pasado en competencia internacional. Se llama Boléro. Es de un bailarín que regresa a su pueblo natal y de repente contagia a todos de cierta energía como orgiástica, eufórica y este baile individual se convierte en una cosa súper colectiva de todo el pueblo, como una orgía de baile.

En “Corto animado internacional” me gusta mucho The Miracle, de Nienke Deutz, de Países Bajos. Es de una mujer en sus 50 que va a un sitio que tiene masajes y piscinas, que ve a su alrededor un montón de mujeres más jóvenes preguntándose cosas que ella ya no se pregunta y que no la dejan descansar, pero al final por fin se desentiende como “Pueden preguntarse lo que quieran, pero ya pasé por ahí y estoy en otra onda” y el disfrutarse a sí misma.

Oyu, de Atshi Hirai, un japonés que trabaja como asistente de dirección de Damien Manivel (The Night I Swam, 2017), es sobre un hombre que va a unos baños termales a los que solía ir su madre, que ha muerto, para recoger sus cosas y visitar ese último lugar o lugares donde ella iba. Me parece muy bello.

 

Esta entrevista fue editada y condensada para dar claridad.

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