Blanco, de Krzysztof Kieślowski: El color de la equidad

Escrito el 19 febrero, 2021 @ECinematografo

En la Trilogía de los colores, dirigida por el polaco Krzysztof Kieślowski, se utilizó cada color de la bandera francesa para cuestionar los enaltecidos ideales de la Revolución. El color blanco, que usualmente inspiraría paz, pureza y elegancia, es utilizado socarronamente en la segunda entrega de la trilogía para abordar el concepto de equidad.

Blanco se sitúa en una Francia de los años noventa que podría ser todo menos un santuario de equidad para un extranjero como Karol Karol (Zbigniew Zamachowski), el patético protagonista de esta cinta. Si bien los franceses de la Revolución estaban dispuestos a renunciar a sus privilegios políticos para construir un nuevo futuro, Karol no tiene ningún patrimonio que ceder. No solo es despreciado por los franceses debido a su ignorancia del idioma, sino que, además, es rechazado por su esposa al no poder complacerla. Cuando se divorcia de Dominique (Julie Delpy), ninguna institución o persona corre a auxiliarlo: queda abandonado en la calle.

Aquí empieza a surgir el blanco como un motivo recurrente de la miseria de Karol: una paloma defeca sobre su ropa, un inodoro blanco recibe el alivio de su ansiedad, y las baldosas de las estaciones de tren en las que duerme pareciese que no han sido aseadas en años. Karol queda en condición de indigencia y no puede trabajar porque le es imposible homologar sus títulos con los estándares de la Unión Europea.

Aunque se desconocen las circunstancias y las razones por las cuales Karol migró desde su natal Polonia, se supondría que, cuando lo hizo, su país aún pertenecía al bloque comunista. Luego de un incómodo viaje en avión dentro de una maleta, Karol regresa a Varsovia y se sorprende al ver que en esta ciudad ahora existe libertad económica. Por ejemplo, en los sitios que solía frecuentar ya son notables marquesinas eléctricas, mientras que varios colectivos intentan sacar provecho del vacío de poder dejado por la hegemonía soviética.

El blanco vuelve a aparecer como la posibilidad de un nuevo y más humilde inicio para Karol. Mientras que en Francia el color era un chiste vulgar, en Polonia lo encontramos en el cielo, la nieve y las paredes. Si bien las circunstancias son más acogedoras en Varsovia, la ironía no abandona la película. Karol, quien fue testigo del capitalismo occidental, se desenvuelve con mayor facilidad en los negocios de su renovada tierra natal. En un abrir y cerrar de ojos, empieza a acumular capital en forma de tierras y empresas y, aun así, teniéndolo todo, nuestro protagonista solo quiere usar su bonanza para un único propósito: vengarse de Dominique.

La película que Kieślowski destinó para explorar la equidad resulta ir más allá de mostrar la necesidad de justicia distributiva. Más bien, es un ataque sardónico a la noción de equilibrio que tenemos los seres humanos cuando somos lastimados. Karol se las arregla para traer a Dominique a Polonia, la involucra en un engaño macabro para humillarla y la expone como una inmigrante y una criminal por asociación; tal y como él fue señalado en Francia. No obstante, algo perturbador sucede. Después de semejante embrollo, Dominique parece darle la razón a Karol expresando la intención de querer quedarse con él en su tierra.

Si bien carece de la solemnidad de Azul (su predecesora), Blanco continúa la tendencia de la trilogía de retar los principios del liberalismo revolucionario francés. En la sociedad “equitativa” de Blanco, somos testigos de inmigrantes humillados y desahuciados que aprenden a ser diestros en la economía, no con el fin de mejorar sus condiciones de vida, sino para demostrar supremacía sobre los demás. Finalmente, aquí el amor dista de ser un espacio para cultivar, siendo solo una oportunidad para sobresalir en una competencia.

 

Three Colours: White está disponible en MUBI.

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