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All That Jazz: la imaginación como redención

Escrito el 18 diciembre, 2024 @CarlosPHL1
Esta pieza contiene spoilers.

Nunca nadie ha tocado fondo como Joe Gideon (Roy Scheider) en All That Jazz (1979) de Bob Fosse. Su corazón quiere matarlo, cansado del alcohol, los fármacos, los romances y las mentiras. El mismo Fosse tuvo dos infartos. Aquel que inspiró All That Jazz y el que lo mató en 1987. El primero hizo que imaginara un escenario fantasmagórico donde negociaba por su supervivencia con la misma muerte.

En All That Jazz, Angelique (Jessica Lange), el Ángel de la Muerte, sonríe ante un Joe moribundo. Sabe que no merece vivir, pero su sentido del humor le fascina. Este coqueto y mitómano quiere retrasarla y ella lo permite, vestida de un blanco despampanante y sentada junto a él en un escenario claro oscuro. En la imaginación de Gideon, hasta la Muerte es sexy.

Frente a Angelique, Gideon parece utilizar una herramienta capaz de doblar el tiempo y el espacio, y agregar belleza a su vida: una máquina de edición cinematográfica.  El dispositivo en sí no aparece en All That Jazz, pero estoy seguro de que Gideon lleva uno consigo, sino ¿por qué esos flashbacks estarían montados con una creatividad tan desbordada? Si yo fuera la Muerte, estaría fascinada por ese despliegue de ritmo y desesperación tan organizado. Los cortes al pasado, aunque disruptivos y psicodélicos, jamás se van por la tangente.

Fosse y el co-escritor Robert Alan Arthur llenan el inconsciente de su protagonista con bailarinas, luces y coreografías para entretener a la Muerte. Al mismo tiempo, intercalan esta interacción con los eventos que vivió en las últimas semanas. 

 

La edición ganadora del Óscar de Alan Heim es un hito curioso. Por más elaborado que sea el espectáculo, su contenido es patético. Heim, sirviendo como la voz del argumento de Gideon, no puede hacer milagros con el material que el artista le provee para salvarlo de su final, solo acentúa sus defectos y arruina su reputación frente a Angelique. Las madrugadas son las mismas, siempre llenas de tos, medicamentos, cigarrillos y negligencia. Haim y Fosse hacen énfasis en esta monotonía, mostrando lo difícil que es preservarla ahora que el cuerpo de Gideon está preparándose para fallar en cualquier momento. El resto del día casi podría mostrar las cualidades redentoras de Joe Gideon. El hombre divide su tiempo en armar un musical atrevido, editar una comedia y destilar el mejor contenido de su material.

Fosse expresa la inagotable promiscuidad y adicción al trabajo que encienden un proceso creativo formidable. El talento de Gideon se hace tangible cuando lo vemos inventar y amplificar la sensualidad de un simple comercial de una aerolínea para su obra de teatro. Son 10 minutos de cuerpos que van perdiendo su ropa y sombras creando siluetas irresistibles. No obstante, Fosse y Haim condenan su perfeccionismo. Sus coreografías exigen sudor y lágrimas, y su película quema dinero con cada día de retraso en la postproducción. Este proceso agota y destruye a Gideon. Su trabajo es una obsesión que lo está matando, siempre insatisfecho con su extraordinario desempeño.

All That Jazz. Dir. Bob Fosse. 20th Century Studios. 1979.

Mientras tanto, la sonrisa cariñosa de Angelique revela que entiende a Gideon más allá de todo ese jazz. O tal vez sonríe porque entiende antes que él que su vida vale la pena para las mujeres que lo rodean. Audrey (Leland Parker), su ex-esposa, es la protagonista de su siguiente musical en Broadway y la única con la paciencia para escuchar sus quejas. Katie (Ann Reinking), su novia, persiste a su lado pese a incontables infidelidades. Por último está Michelle (Erzebet Foldi), su hija amorosa.

El infarto llega como una oportunidad de descansar que Gideon no aprovecha. Aún hospitalizado sigue bebiendo, fumando y seduciendo hasta a las enfermeras. Viendo esto, Angelique señala que su arte y encanto jamás serán suficientes para convencerla. Esta interacción ficticia con la Muerte comunica cómo un Fosse convaleciente y culpable entiende el destino que le espera de no cambiar su rutina.

En este punto, All That Jazz se convierte en un anti-musical, sumamente entretenido, pero también rebosado de ansiedad. La imaginación de Joe se quiebra al hacer que las mujeres de su vida actúen y bailen para él, mientras que él languidece conectado a un respirador. Sus canciones duelen y en ellas escucha la verdad más obvia: pudo haber cambiado por ellas y ni siquiera lo intentó.

Bob Fosse enfrentó el final de su vida abrazado a Gwen Verdon, su compañera durante toda su vida. Joe Gideon, su experimento, no tiene ese privilegio. El último acto de All That Jazz tiene a Joe, de blanco, merodeando por un hospital, aplazando su juicio final. Sin ex, novia e hija, Joe deambula armado con un talento que ya no podrá compartir con nadie. Sin embargo, su imaginación no tiene porque decepcionarlo. Tal vez pueda ser feliz una última vez antes de caer en el vacío del que nadie regresa. Está solo, pero su arte lo ayuda a soñar que no lo está y que será eterna aún si él es mortal.

El final de All That Jazz vibra con un número musical cuya escala jamás ha sido alcanzada por otra película. Gideon se separa de Angelique para gobernar el escenario, la coreografía y el montaje. Todo tiene un propósito, desde las bailarinas disfrazadas como un corazón latiendo desordenadamente, los colores que se van apagando, hasta un escenario que desaparece para la última confrontación con la mujer de blanco. El hombre imagina a la audiencia de la que quiere despedirse. Sus mujeres, sus socios, sus adversarios, sus fetiches y los doctores que no escuchó. Es muy tarde para sanar o pedir disculpas, pero no para que su arte sirva de consuelo y eleve su espíritu cuando su cuerpo no puede hacerlo. 

La imaginación redime. La mente es un jardín de frutos inesperados. En All That Jazz, Bob Fosse imaginó perecer como un hombre patético y solitario. Su final real no resonó por cuenta de una orquesta, una decena de bailarines y una canción contagiosa; más bien, terminó durante una tarde cualquiera, en los brazos de la mujer con la que compartió un lazo inquebrantable. Es irónico que su primer infarto y su reflexión cinematográfica no lograran disminuir el ritmo de su existencia. Fosse se desplomó resuelto en ir trabajar. Su corazón por fin ganó un merecido descanso, aliviado por haber jalado el gatillo. 

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