23º Festival de cine alemán – día 1
Corre, Lola, corre (1998)
Dir. Tom Tykwer
La bien conocida Semana de cine alemán, transformada en festival para su 23ª edición en la Ciudad de México, fue inaugurada con bombo y platillo en el Teatro Esperanza Iris de la calle de Donceles, con la proyección de la versión restaurada de Corre, Lola, corre, rompiendo la bonita tradición de proyectar una película de la era silente alemana. De esta forma, en lugar de transportarnos a la penuria terrorífica de la república de Weimar, el filme nos llevó hacia la estrafalaria década de 1990, en la que una reunificada Alemania redescubría los placeres derivados de compaginar la actividad física con la delictiva.
Corre, Lola, corre es una de esas películas canónicas para quienes crecieron con la posibilidad de acudir a un local de renta de películas (esa generación que empieza a tener dolores de espalda y/o de rodilla), un visionado obligatorio para aquellos cinéfilos mamadores que en ese entonces demostraban su estatus con un póster de Pulp Fiction en lugar de una bolsa de tela de MUBI. Entonces, ¿cómo la encontramos 26 años después de su estreno?
Lo primero que sorprende es cuán noventera se siente desde el primer plano. Algunas películas de culto retienen cierta atemporalidad, pero Corre, Lola, corre no puede ocultar su procedencia: la irreverencia de su retrato social, su apoyo en la animación como herramienta narrativa complementaria, su música, conformada por lo que nuestros progenitores en aquellos tiempos conocían como el «punchis-punchis» y, sobre todo, el aire “alternativo” que despiden sus personajes y situaciones nos remiten a aquella década de rebeldía juvenil, odas a la vida de crimen y sarcasmo.
La propuesta de Tykwer era de juventud, arrojo y estilo. La narrativa es vertiginosa casi desde el principio y sigue a Lola (Franka Potente), haciendo uso de planos secuencia, movimientos de cámara sobre grúa y sobre dolly para mantenerle el paso a la pelirroja protagonista, cuya carrera transcurre por las calles de Berlín entre movimientos de automóviles, transeúntes y trenes elevados, lo que le otorga un dinamismo a secuencias que se repiten una y otra vez.
La música, escrita por el propio Tykwer en conjunto con Johnny Klimek y Reinhold Heil, se parece más a la de un rave que a la de una banda sonora y su ritmo proporciona un marco apropiado para la frenética narración que algo tiene de Groundhog Day (Harold Ramis, 1993), haciendo de su protagonista una heroína que, una y otra vez, corre para salvar a su bienamado en peligro. Corre, Lola, corre es contagiosa, pues uno quiere tanto ver a Lola lograr su cometido como brincar en la butaca con el puño en alto (que es lo que imagino que se hace en un rave, porque, ¿cómo pueden los asistentes aguantar 24 horas o más sin sentarse?).
Corre, Lola, corre es una bomba de entretenimiento pop, altamente adictiva y fascinante. Tykwer golpea duro y a la cabeza, sin rodeos, sin preparativos, ni mayor contexto que dos personajes apenas nombrados están en peligro. El resto sucede en pantalla con destreza técnica, inteligente uso del espacio cinematográfico, experto timing cómico (ahí está el clásico gag de una lámina de vidrio siendo transportada por la calle), bastante irreverencia, mucha habilidad para marear con palabras y movimientos de cámara fastuosos.
Después del visionado me resisto a pensar que Corre, Lola, corre sea una obra maestra de su tiempo, pero ¡qué bien lo captura! Allí están sus influencias inconfundiblemente noventeras: la de Dogme 95 en el uso de video digital, la de la cultura del videoclip musical en su fantástica banda sonora y movimiento infinito y absurdo, y la del inconformismo que se rebelaba al mundo de los padres (dos años atrás el Renton de Trainspotting [Danny Boyle, 1996] se preguntaba por qué había que “elegir una carrera”). Realizada en las postrimerías de la década, en Corre, Lola, corre se respira un aire netamente noventero.
A pesar de que la película ha provocado distintas lecturas sobre el libre albedrío, la teoría del caos y la representación de la autonomía femenina encarnada en Lola, su fuerte aún radica en la calidad de su manufactura, su atrevimiento juvenil y su derroche irreverente de estilo e imaginación cinematográfica. Tykwer trabajaba con situaciones, personajes y nociones cliché, elementos apenas delineados para servir como vehículo de su salvaje imaginación. Corre, Lola, corre no es un texto que fascine por lo sustancioso de su composición, sino por su sabrosura y presentación espectacular.
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La función fue acompañada de una sesión de preguntas y respuestas con Franka Potente durante la cual señaló que, efectivamente corrió y corrió durante el rodaje, los ensayos y la posproducción (para grabar el sonido) sin mayores incidentes a pesar de que fumaba dos cajetillas de cigarrillos diarias. Potente también comentó sobre su inclusión en la banda sonora del filme, recordando que, debido a que Tykwer era su pareja durante la posproducción, a menudo lo acompañaba al estudio donde aquel y sus colaboradores grababan la música y este le pedía que pusiera su voz a algunos demos que acabaron (sin su conocimiento) plasmados en el corte final. Entre otros detalles, Potente compartió que la roja cabellera de Lola no era una peluca, sino su cabellera natural, decolorada y pintada con tinte fragilísimo, por lo que tuvo prohibido lavarse el cabello durante la filmación.
Posteriormente, la banda mexicana Hello Seahorse presentó un setlist de cerca de 20 minutos con canciones originales inspiradas en la banda sonora, evento prescindible y un tanto inexplicable: si la intención era recuperar la tradición que dictaba que la función inaugural debía conformarse de una película alemana silente musicalizada por músicos mexicanos, la conexión entre el largometraje de Tykwer y Hello Seahorse no queda clara y no parece haber beneficiado a la proyección.
El Festival de Cine Alemán estará disponible hasta el 6 de octubre en distintas sedes de la CDMX. Su programación completa puede consultarse en: www.goethe.de/cinefest


